La piel es su lienzo

La piel es su lienzo

PEDRO GERARDO VELARDE SACIO

En Carrer de Galileu 318 perteneciente al barrio de Les Corts de Barcelona, se encuentra el estudio Tatoo Ink Delible BCN. Es un lugar pulcro en el que cada cosa está en su sitio. La sala de recepción está decorada por una imagen de la Virgen de Guadalupe -grande y bien iluminada-, que pareciera mirar con compasión un reluciente Mac de 27 pulgadas colocado sobre una mesa de trabajo. Tras esa sala, un pasillo conduce a los distintos módulos donde se tatúa.

Ese es el centro de trabajo de Alejandro Nagore (País Vasco, 1989), quien prefiere que le llamen “Alex Treze, su nombre artístico. Treze lleva el pelo rapado por los lados y una cresta en medio. Tiene un piercing en la nariz y dos en las orejas. Es zurdo y en su brazo derecho se ha tatuado cinco de los quince tatuajes que decoran distintas partes de su cuerpo. En el cuello se lee Ambición y en su brazo derecho rezan Respect y  Underground. “Son palabras con las que me identifico. Siempre aspiro a más, creo que hay que basarse en el respeto como eje de todo y nunca olvidar los códigos de la calle”, afirma Treze.

Al contrario de lo que su aspecto de tipo malo haría suponer, Treze lleva un ritmo de vida metódico. No bebe alcohol ni fuma. Los domingos se relaja pintando grafitis (arte que practicaba antes de dedicarse a los tatuajes) y cuando tiene tiempo libre, lo ocupa en  un gimnasio de su barrio, en Cornellá. Necesita hacer ejercicio, pues está todo el día sentado. Intenta evitar los problemas y los enfrentamientos.

En un país con una alta tasa de desempleo, Treze ha encontrado en el tatuaje una manera de obtener ingresos, además de expresar su creatividad. Los días que no trabaja en el estudio, ejerce de forma particular en su casa -con su propio equipamiento-, donde sus ingresos por tatuaje pueden llegar a duplicarse con respecto a lo obtenido en Tatoo Ink Delible BCN. Y de esa forma, siendo su propio jefe se autogestiona. Desea seguir trabajando así en un futuro.

Treze es un autodidacta. Como no era un buen alumno en la escuela, decidió que debía capitalizar esa vena creativa que sintió desde los quince años, la que le llevaba a pintar las paredes en su época de graffitero. Así que, durante un año aprendió el oficio de tatuador a través de YouTube. “Tenía suficiente tiempo libre en casa, por eso convencí a mis amigos para que se dejasen tatuar, pagándoles a cambio unos cuantos euros.  Aprender el oficio así me salió barato”, dice Treze. Después de un año de autoaprendizaje casero y de tres ejerciendo de tatuador, él calcula haber realizado más de dos mil tatuajes.

“El mundo del tatuaje es sumamente competitivo. No es posible entrar en un estudio para aprender sin saber nada. Si quieres ser parte de uno, el tatuador debe llevar un buen nivel de conocimiento y experiencia y sobre todo, su estilo. Nadie regala nada”, explica Treze.  No sólo es serio con su trabajo, sino que tal vez lo es más con su clientela, pues le gusta trabajar con gente que sabe lo que quiere: “Me gusta que mis clientes vayan para adelante”, acota.

Ahora Treze va a tatuar (“pinchar” en la jerga tatoo) a Eduardo, un colega y amigo suyo, quien quiere una cruz celta en la mano. Empieza entonces la acción. Treze y sus colegas tatuadores se reúnen en una especie de comité alrededor del Mac para elegir entre 60 modelos de cruces que propondrán a Eduardo. Treze se sienta a copiar el diseño elegido en un papel adhesivo que pone en la mano de Eduardo -quien previamente se ha tenido que depilar- para que vea si guarda armonía con el resto de tatuajes que ya tiene.

Entonces, aguja en mano, Treze inicia su trabajo delineando en la piel de Eduardo la cruz celta, coloreándola por dentro y siguiendo religiosamente la estética del modelo escogido. Durante el trabajo, ambos tienen una comunicación fluida, centrada exclusivamente en la confección del diseño:

– “¿Qué piensas?. ¿Más color aquí?”, pregunta Treze.

– “Sí, rellénalo ahí un poco más. Terminas éste y en unos días vengo para hacerme un tatuaje en la otra mano”, contesta Eduardo bromeando.

Cada quince minutos de trabajo, Treze debe limpiar meticulosamente la zona de piel sobre la que trabaja, retocando posteriormente cada extremo y cada línea de la cruz.

El proceso ha tomado más de una hora. El milimétrico pulso de Treze y el temple de Eduardo para tolerar el dolor se han conciliado para terminar el trabajo, del cual ambos están satisfechos. Con el móvil, Treze toma una foto de su obra. El trabajo ya está listo para publicarse en Instagram.

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