Torre Baró lucha por sobrevivir al abandono

Torre Baró lucha por sobrevivir al abandono

MARIA SORIA

El barrio de Torre Baró, asentado en plena montaña en el seno de un barranco, ha estado sujeto a numerosas dificultades históricas debido a su orografía: abandono, incomunicación, envejecimiento de la población, degradación de las viviendas… Estos problemas se han ido acrecentando con el paso de los años y se han traducido en la suma de protestas por parte de la población, que reclama más atención y apoyo de las autoridades.

Torre Baró, uno de los trece barrios que conforman el distrito de Nou Barris de Barcelona, nace fruto del desarrollismo de los años 50, a raíz de los flujos migratorios desde el resto de España hacia la ciudad industrial.

Así, por un lado encontramos la zona baja del barrio, que comienza en la estación de metro ligero Torre Baró-Vallbona. Es la parte nueva remodelada, conformada por el punto central del barrio, la Plaça dels Eucaliptus, alrededor de la cual se encuentra un núcleo de viviendas de reciente construcción.

Por otro lado, rodeadas de  vegetación, las casas destartaladas de del Torre Baró alto se extienden a lo largo de la sierra de Collserola, junto a cuestas empinadas y escaleras interminables; superpuestas desordenadamente, muchas veces son de auto construcción y no responden a ningún plan urbanístico. No obstante, albergan a la mayoría de vecinos y vecinas del barrio, una población de escasos recursos, generalmente anciana e inmigrante.

Con poco más de un millar de habitantes -de los 6000 que llegaron a ser hace una década- mucha gente cree que Torre Baró es un barrio en peligro de extinción. En sus desérticas calles se impone el silencio. Sólo se escucha, de tanto en tanto, el ladrido de algún perro que guarda una casa o los escasos coches que suben al Torre Baró alto forzando la segunda marcha. El barrio apenas cuenta con tres bares, algunos talleres y un Casal de vecinos, el único foco de ocio.

Carmen Lorca, vecina de Torre Baró desde hace 48 años, observa con pesimismo el estado en el que se encuentra su barrio: “Cada vez está peor. El metro sólo llega hasta la parte baja, los que vivimos arriba tenemos que esperar media hora al autobús o subir en coche. No disponemos de ningún servicio, ni farmacia ni mercado. Para hacer cualquier cosa hay que bajar a Ciutat Meridiana”. Para ella, la dependencia de los servicios de las ciudades vecinas se hace insoportable con la edad. No ve un futuro próspero para su barrio, aunque le gustaría. “Las viviendas están en muy mal estado, algunas no tienen ni luz, y las de protección oficial nuevas no se las han concedido a nuestros hijos; el mío se ha ido a La Mina. Aquí ya no queda nadie”.

La voz de Carmen es también la de muchos otros vecinos que llevan años denunciando la situación de precariedad en la que viven. Dicen no recibir fondos suficientes por parte de la Generalitat de Catalunya para remodelar sus casas y calles, muchas veces no pavimentadas. Además, sienten que se les engañó cuando en 2013 el Ajuntament de Barcelona decidió rescatar 222 pisos vacíos, los de la zona nueva, para ofrecerlos en alquiler social por 300 euros al mes. De estas viviendas, 32 fueron concedidas a estudiantes y profesores de la Universitat de Barcelona como parte de un proyecto para dinamizar socio culturalmente al barrio. Ser mileurista era una de las condiciones para acceder al resto de viviendas: la mayoría de quienes las solicitaron no cumplía con este requisito y quedó  excluida y obligada a reubicarse.

Realojamiento de sus vecinos, casas que no soportan el paso de los años, escasez de servicios y empobrecimiento de la población… A todo esto hay que añadir la pérdida de  conciencia de barrio, antaño tan arraigada en esta zona, y que está relacionada con la llegada de nuevas personas venidas de medio mundo. La que fue hace décadas una comunidad fuertemente unida que luchaba por sus intereses, ahora es una población desanimada que solo quiere hacer frente al día a día, que lucha por sobrevivir.

Frente a esta situación, más complicada que nunca, los habitantes de Torre Baró se niegan a sucumbir al abandono. Afirman que les gusta su barrio y que quieren seguir en él, pero no en las condiciones actuales, que califican de “indecentes”. Desde la marginación a la que han estado sometidos durante toda su historia, piden que se les escuche. La Asociación de vecinos de Torre Baró trabaja para ello, y en los últimos años ha emprendido medidas para paliar las dificultades a las que se enfrenta el barrio debido a su situación periférica. Así pues, ha presionado para que la Generalitat de Catalunya, dentro del proyecto “Plan de Barrios”, impulse la conectividad de la zona para asegurar servicios plenos a sus habitantes. Esto se ha llevado a cabo externamente con la llegada del metro ligero, e internamente con una linea regular de autobuses entre Torre Baró y Ciutat Meridiana.

Sin embargo, estas acciones no han cumplido con las expectativas de vecinos y vecinas, que creen que con estas medidas se ha fomentado la centralidad del barrio, y que el resto de viviendas, las de “toda la vida”, están en iguales o incluso peores condiciones que antes.

Las soluciones que se han llevado a cabo hasta ahora para acabar con la marginalidad del barrio han pasado por rehabilitar la zona baja y sus avenidas principales, Vallbona y Escolapi Cáncer. Esto ha ayudado a mejorar la comunicación de esta parte del barrio, aprovechando que allí las condiciones geográficas son mejores. Pero las viviendas que se asientan en plena sierra, las que más precisan de una recuperación urbanística a fondo, no han recibido ninguna ayuda por parte del Gobierno en los últimos años.

En uno de los puntos económicamente más deprimidos de la capital catalana, el paso del tiempo hace estragos y las ayudas no llegan. Cabe preguntarse si Torre Baró logrará salir airoso de la situación que atraviesa.

Ante el abandono, más ocio

Para hacer frente a las dificultades de Torre Baró, Isidro Pedrosa, Vice-Presidente de la Asociación de Vecinos, destaca la importancia de llevar a cabo propuestas relacionadas con el ocio que animen a la gente a participar en la comunidad. El Centre Cívic Zona Nord, a través de la asociación “Gent Gran” organiza bailes para mayores todos los sábados, llegando a concentrar alrededor de 100 vecinos en cada una de sus citas. El Ajuntament de Barcelona también ha impulsado proyectos turísticos con la finalidad de acercar el barrio al resto de los habitantes de la ciudad. Marta Espinosa llegó a Torré Baró en el mes de mayo como parte del proyecto “Treballs als barris” de Nou Barris. Trabaja como guía turística organizando rutas semanales en grupo en las que se visitan el Castillo del Torré Baró y su mirador entre otros. “Otra de las rutas que hemos organizado es la Ruta de las Tapas. La idea es propiciar que los vecinos se acerquen a los bares”. Con cierta esperanza añade: “Tenemos que crear vida en estos barrios, de lo contrario, no sobrevivirán”.

La Torre del Baró

En la parte más alta del barrio de Torre Baró preside una torre inacabada con un mirador, desde el que se dispone de excelentes vistas panorámicas de Barcelona. Se trata del Castell de Torre Baró, que recibe su nombre por el barrio en el que se ubica y no al revés, como se cree. El nombre original proviene de otra torre -construida en el siglo XVI por la familia Pinós- que fue destruida en 1714. La torre actual, situada en el Puig de les Roquetes, fue construida en 1905. Cuenta la leyenda que uno de los descendientes de los barones de Pinós, Manuel de Sivatte, cuya hija padecía tuberculosis, mandó construirla para alejar a la niña de la contaminación de la ciudad, quedando inacabada al morir ésta prematuramente. Con el paso del tiempo, la Torre cayó en el olvido y se fue degradando poco a poco. Habrá que esperarse hasta la década de los ochenta para ver surgir varios movimientos que reivindicaran la preservación de este símbolo de Nou Barris.

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