El Carmel crece en el olvido

El Carmel crece en el olvido

ULISES IZQUIERDO

Alojado a los pies de una pequeña montaña de la sierra de Collserola, a espaldas del Parc Güell, El Carmel debe su nombre al cerro que envuelve este barrio, el turó del Carmel. Los límites de este pequeño barrio barcelonés -enmarcado dentro del distrito norte de Horta-Guinardó- vienen dados por su geografía particular, que no sólo marca la fisonomía del mismo de manera clara y apreciable, sino que influye de forma lógica en su identidad y en el espíritu de sus gentes.

La primera impresión al llegar al Carmel es la de haberse trasladado a un lugar totalmente alejado de la imagen de Barcelona como ciudad cosmopolita y moderna. El barrio tiene una atmósfera de pueblecito donde todo el mundo se conoce. Un lugar en la montaña donde el aire parece un poco menos contaminado, un sitio tranquilo y de gente humilde, de grandes cuestas y donde pocas son las mujeres que llevan tacones, ya que salir a comprar el pan puede ser toda una aventura.

Muchas de sus calles, estrechas y abruptas, cuentan con escaleras mecánicas y ascensores que ayudan a gente a sortear los desniveles entre calle y calle de forma sencilla. Una anomalía convertida en rutina.

Su metro, conseguido a base de reivindicaciones durante años, y que trajo la desgracia allá por el 2005 cuando se produjo un hundimiento durante la construcción de la línea  da una ligera idea de la atmósfera que envuelve al barrio. Cada día, al volver del trabajo o de la escuela, los habitantes del Carmel bajan del tren y cogen una escalera infinita que parece sacarlos del submundo en dirección a sus casas. Al salir, les recibe la fuerte pendiente de la calle Llobregós, invitándoles de forma clara a tomar la opción fácil, la dirección descendente, la que pasa por el mercado y acaba en la Rambla del Carmel, justo al lado del túnel de la Rovira, una herida en la sierra barcelonesa que paradójicamente dio vida al barrio, conectándolo con el centro de la ciudad.

La gente del Carmel ha peleado por su barrio, ha luchado por hacerlo accesible y habitable, lo ha dotado de escaleras mecánicas y ascensores que permiten que los que viven arriba del todo no se queden aislados. Para muchos vecinos, poder tomar la dirección ascendente es prácticamente un lujo del día a día que jamás hubieran imaginado hace cuarenta años, cuando era un barrio de barracas atestado de inmigrantes nacionales. De hecho, para muchos es un orgullo.

El Carmel, como ocurría con muchos otros barrios de la montaña, parecía ser ignorado sistemáticamente por las diferentes administraciones, y cada avance se conseguía solo gracias al tesón de diferentes asociaciones. Uno de los ejemplos más claros de esta lucha se plasma en forma de edificio público, la biblioteca Juan Marsé, acuñada así en honor al ilustre novelista, que ambientó muchas de sus obras aquí, y sobre cuyas gentes dice: “El barrio está habitado por gentes de trato fácil, una ensalada picante de varias regiones del país, especialmente del Sur”.

De esas gentes, y del crecimiento del barrio hasta lo que es hoy, habla Fernando González, presidente de la asociación de vecinos. Para él, que lleva viviendo en El Carmel sesenta años, el barrio tiene “una alta tasa de inmigración, pero yo creo que somos un barrio integrador, donde todos convivimos pacíficamente, porque todos hemos sido emigrantes en algún punto o en otro”. Y añade, “aquí hemos peleado mucho por todo lo que tenemos. Hoy en día sigue habiendo cosas a mejorar, como el aparcamiento, la reforma de la Rambla del Carmel y de las baterías antiaéreas, a ver si nos proporcionan más servicios. Aún así, hemos conseguido tener un barrio digno, y lo hemos logrado peleando, porque siempre nos dejaban de lado”.

Curiosamente, pese a que la relevancia de las asociaciones de vecinos en la sociedad actual puede verse limitada a un papel testimonial, este espíritu de lucha y asociacionismo parece no haber muerto en El Carmel, sino que se ha transmitido a las siguientes generaciones. Quizás sea algo que va en la genética del barrio, pero la verdad es que existen más de 80 asociaciones diferentes en un barrio de unos 30.000 habitantes.

De entre todos estos agrupamientos llama la atención uno en particular, el Espai Jove Boca Nord, un centro cívico dedicado a los jóvenes donde se instruyen talleres de formación, se proporciona orientación profesional y académica, y donde los jóvenes pueden encontrar apoyo y dar rienda suelta a sus diferentes inquietudes culturales. Su director, Joan Punset, cuenta cómo el centro “funciona gracias al propio impulso de los jóvenes, que nos proponen talleres, y se interesan por lo que tenemos que ofrecer”. Además, al preguntarle sobre las necesidades de los jóvenes en El Carmel, añade: “las necesidades no han variado de hace 20 años hasta ahora. Los jóvenes quieren tener estudios, un trabajo y un hogar, pero ahora es mucho más difícil conseguirlo”.

Dijo Juan Marsé: “son los mismos pensamientos, la misma impaciencia de entonces la que invade hoy los gestos y las miradas de los jóvenes del Carmelo […] Impaciencias y sueños que todas las madrugadas se deslizan de nuevo ladera abajo, rodando por encima de las azoteas de la ciudad que se despereza…”. Seguramente tuviera razón, y el Carmel y sus jóvenes seguirán compartiendo el mismo espíritu hasta el final de los tiempos.

El Carmel cobra vida

Ubicada en lo alto del Turó de la Rovira y popularmente conocida como los bunkers del Carmel, la batería antiaérea es una anomalía de un barrio normalmente dejado de lado, cuya rareza se ha convertido en un foco de atención inesperada.

Este pequeño e imperecedero residuo de la Guerra Civil fue construido por el gobierno de la República en 1938. Barcelona sufría bombardeos constantes por parte del bando franquista, por lo que se decidió dotar al cerro del actual Carmel de unos cañones que pudieran defender la ciudad contra los aviones enemigos.

El reducto militar cayó en el olvido al finalizar la guerra y, como muchos otros puntos en la ciudad de Barcelona, acabó convirtiéndose en un barrio de barracas conocido como los cañones, que dio cobijo a las familias inmigrantes de otras partes de España.

Al igual que pasó con el resto del barrio, no ha sido hasta la actualidad cuando se ha intentado regenerar  a este pequeño rincón histórico, tan poco conocido por los turistas de Barcelona.

La recuperación de esta batería antiaérea, que sí tiene cierta reputación entre los barceloneses, tiene tres objetivos principales.

Primero, la recuperación de la memoria histórica. Por un lado, el Govern pretende convertir el enclave en un lugar de peregrinación para toda persona interesada en conocer un punto de vista más histórico de la ciudad y el rol que ocupó durante la Guerra Civil. Por otro, se pretende conservar la historia más reciente de la ciudad, preservando el recuerdo de los barrios periféricos y su evolución desde las barracas de auto construcción hasta el día de hoy.

La segunda razón para impulsar la batería antiaérea se encuentra en su privilegiada ubicación, ya que desde su mirador se pueden ver las que dicen son las mejores vistas de la ciudad.

Por último, la tercera razón responde al intento del gobierno municipal de dinamizar los barrios menos conocidos de la ciudad. En este caso, los bunkers del Carmel serían un foco de tremenda atracción turística, actuando como un estratégico punto intermedio entre el entramado del Parc Güell y la ruta modernista de Sant-Pau y Sagrada Familia.

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