La lucha por una vida digna en Barcelona

La lucha por una vida digna en Barcelona

ANNA ALBAREDA

José Gázquez (Almería, 1944) camina con lentitud. A cada paso, su corazón cansado late con esfuerzo. Sus manos, fuertes y encallecidas, hablan sobre el trabajo duro y su dedicación plena. Con ojos oscuros, de mirada profunda, ha visto levantar muchas paredes.

Gázquez no sabe leer. No pudo ir a la escuela y lo poco que sabe lo aprendió en la Legión. Pasó su infancia trabajando de sol a sol con el ganado y en los campos de Andalucía. A sus 12 años, el hambre y la miseria fueron el motivo para emigrar al barrio de Les Roquetes en Barcelona.

Su casa de bienvenida fue una barraca, pero al poco tiempo empezó a construir una vivienda con su padrastro. Aún vive en esa casa, que ha pagado con su esfuerzo y su salud.

Con su mujer, Ángeles Ariza (Granada, 1946), han formado una gran familia. Padre de 10 hijos, abuelo de 19 nietos y con 8 bisnietos, es hombre dedicado a su clan: “sin ellos no podría vivir. Y tampoco resistiría tenerlos lejos”.

Ahora, jubilado, su lugar de reflexión y de más actividad es el almacén. En lo alto de su casa, en el último piso, este sitio se ha convertido en la factoría donde desarrolla sus ideas y el rincón que recoge sus horas. En él se refleja su vida, su carácter y su relato. Cubierto con un techo de uralita y con una pequeña azotea, este espacio agrupa mucha historia. Un lugar humilde, sencillo, acogedor, ordenado y cuidado. Con materiales reciclados, paredes por pintar y un equipo de música viejo, Gázquez construye y amplifica su propio mundo.

Fuera, unos pimientos rojos encima de un tablón delatan un pequeño huerto. A pleno sol y con Barcelona a los pies de su casa, en sus macetas crecen fresas, tomates y pimientos. Un bote de aceitunas descansa debajo de una lona. Tener comida en casa es básico para la familia. El hambre a menudo ha picado la puerta en este hogar y tener al alcance algo que llevarse a la boca siempre es importante.

Resulta imposible no asombrarse por el espectáculo que ofrece el paisaje que hay detrás de los tiestos. Para Gázquez, mirar Barcelona es su mejor remedio para liberarse, volar y sentirse conectado con la ciudad. Ama Barcelona, pero tiene muy presente que ha sido muy dura con él.

Su vida ha sido “larga y penosa”, yendo a trabajar “hasta morir” en construcciones de la Ciudad Condal. Pero el dinero había que traerlo porque si no, “no había forma de alimentar a tanto niño”. La palabra malvivir frecuenta su vocabulario. El sufrimiento se hace latente en sus palabras, aunque vitorean los éxitos conseguidos con el duro trabajo.

Desde la azotea se ven las terrazas del resto de vecinos. Gázquez saluda a un amigo que asoma su cabeza por la ventana. Sus vecinos son muy queridos para esta familia. En los momentos más difíciles se han tendido la mano y muchos de ellos son la extensión de su parentela.

La mayoría de las azoteas están decoradas con ropa tendida. Pero Gázquez no le da importancia. Él no se encarga de esta clase de labores. Llevar dinero, mantener su casa y proteger a su familia es y será su labor.

Con su mujer argumentan que forman un buen equipo, cada uno adoptando el rol que se han asignado. Sólo la muerte los va a separar, dicen. Y morirán ofreciéndose su compañía.

En la azotea suena música y Gázquez tararea. Es entonces cuando su esposa delata uno de sus secretos: desde joven a Gázquez siempre le gustó la diversión y la fiesta. Sociable, fumador y hablador, comenta que si caía el techo de su casa, seguro que no le iba a sorprender dentro.

Unas estanterías cubren la pared más extensa de esta habitación. Destaca el orden y la pulcritud de todos los elementos. Con herramientas viejas y algunas reparadas y reutilizadas, se percibe la conciencia del dinero. Cada herramienta ha pasado por las manos de sus hijos. Él como maestro y ellos como aprendices. Enseñar su oficio ha sido una de sus metas en la vida. Darles a sus hijos una profesión ha sido tarea prioritaria.

Gázquez coge una cuerda para mover un tablón. En sus manos, una cicatriz cruza su dedo pulgar. Durante sus primeros años de aprendiz como obrero, se lo lastimó de tal manera que corrió el riesgo de perderlo. Mientras lo cuenta, cierra y abre las manos enérgicamente: “Mi pan han sido mis manos. Y sin ellas no podría haber conseguido nada de lo que hoy tengo”.

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