El Coll recupera sus historias

 MARCEL CARRASCO ELIAS

Como cada lunes por la tarde, los vecinos empiezan a llegar. En poco tiempo el salón principal del moderno edificio del centro cívico se va llenando. El grupo es muy heterogéneo: hay jóvenes con coleta y también ancianos con poco pelo. Decenas de conversaciones se sobreponen y se desarrollan en animado tono y llenan de vida el ambiente. Tienen una misión: van a transformar el pasado en presente.  

Un mar de cabezas plateadas se mueve, mientras manos arrugadas por la experiencia y manchadas por el tiempo, se dividen entre la tarea de sujetar el bastón y la de separar fotos y documentos antiguos.

Buenas tardes, hoy toca repasar y elegir más fotos e historias para nuestro proyecto”, dice en tono firme Josep Callejón Giménez, un vecino de 67 años, jubilado, presidente del grupo de estudios históricos.

Antes de que Josep acabe la frase, Pura Martínez ya se pone manos a la obra, barajando varias fotos en blanco y negro entre sus dedos. La mirada de Pura, una vecina de 78 años, se vuelve más y más nostálgica a cada foto.

Parque de la Creueta.
Parque de la Creueta. Autor: Marcel Carrasco Elias

Pura se detiene en una foto ya amarillada y señala con el dedo una joven guapa, de pelos negros largos y vestido floral ni muy ancho y ni muy ceñido.

“¡Soy yo! A que era guapa, ¿verdad? Este vestido solo lo llevaba en ocasiones especiales. Esta foto la compré a un fotógrafo este día, celebrábamos la Virgen del Coll. Los vecinos nos reuníamos en la calle y hacíamos nuestra verbena. Mira la iglesia al fondo”.

En la foto de Pura se ve la iglesia románica, pero también muchas personas vestidas con su mejor ropa de domingo. Algunas sentadas en sillas de madera, mirando hacia una rueda de baile formada por jóvenes sonrientes en plena calle. Las mujeres del barrio, entre ellas Pura, parecían ocuparse de que la mesa estuviera bien puesta.

Pedro, un vecino de 81 años mira la foto de Pura y señala al suelo de tierra. “¿Te acuerdas Pura? Todo era tierra y polvo. Bueno, cuando llovía teníamos el barro. Mira esa foto del bus en la Mare de Déu del Coll”.

En la foto que traía Pedro entre las manos, estaba la imagen de un autobús antiguo, parado en una calle de tierra. Al lado, muchas personas paradas parecían hacer cola.

“Sí, así era el Passatge de la Mare de Déu del Coll, un camino de carros. La línea Barcelona-Vallcarca era la única del barrio y estuvo suspendida durante la Segunda Guerra Mundial. Al bus lo llamábamos el Pegaso, pero no todos podían pagar por ese lujo”, dice Pedro.

Iglesia románica del siglo XI en el carrer del Santuari.
Iglesia románica del siglo XI en el carrer del Santuari. Autor: Marcel Carrasco Elias

Josep, Pura, Pedro y los demás vecinos presentes retoman así su tertulia semanal, entre fotos, dibujos y muchas historias. Y es que los vecinos de El Coll formaron hace cinco años un grupo de estudios históricos con la intención de rescatar y documentar la memoria del barrio.

Tal iniciativa no es precisamente nueva en la ciudad. Muchos barrios de Barcelona se preocupan rescatar su pasado, su memoria y sus historias. En algunos casos, el ayuntamiento participa y apoya estas acciones.

Un ejemplo de ello son los monolitos que recuerdan a los antiguos barrios chabolistas de la ciudad. Un homenaje que conserva en la memoria colectiva a las personas que vivieron en esas condiciones y que llegaron a representar el 7 por ciento de la población de Barcelona en los años cincuenta.

 “Para que una ciudad sea democrática y justa, no debe renegar de quién es, sino reivindicar su memoria, para que recordemos quiénes somos y de dónde venimos”, dijo la alcaldesa Ada Colau en un discurso en Montjuic en octubre de 2015.

Los vecinos de El Coll, por ejemplo, vinieron de otras partes de España en los años cincuenta y sesenta.

Pero de momento, no existe ningún compromiso firme por parte del ayuntamiento para apoyar al proyecto del libro. Los vecinos se están organizando para presionar por alguna subvención pública y poder cumplir con el deseo de tenerlo publicado para la próxima fiesta de San Jordi.

El Coll es uno de esos barrios con muchos rincones que merecen ser recordados. Está lleno de historias, tanto reales como de fantasía, pero las tiene olvidadas desde hace algunas décadas.

Ahí nació, por ejemplo, el primer largometraje de dibujos animados en colores de Europa (El Garbancito de la Mancha), de la mano de los estudios cinematográficos de Balet&Blay.

SAMSUNG CAMERA PICTURES
Cartel del largometraje de dibujo animado “El Garbancito de la Mancha” en el Centro Cívico El Coll. Autor: Marcel Carrasco Elias

La obra Tots els barris de Barcelona (1976), del periodista e historiador barcelonés Josep María Huertas Clavería (1939-2007), es una referencia del periodismo social y de proximidad. Una reconstrucción de la historia urbana de la ciudad desde la perspectiva de los barrios, que avala la importancia del proyecto de los vecinos de El Coll.

Gracias a la influencia de la obra de Huertas en Barcelona, muchos historiadores y periodistas pasaron a dedicar atención a los barrios y a publicar libros sobre sus historias en muchas ciudades de españolas. Pero en El Coll, lo hacen los propios vecinos.

Lo novedoso está en preservar la historia a partir de las memorias y relatos de los vecinos más antiguos. Transformar historia oral, fotos y dibujos sobre el barrio, en un archivo que preserve estas memorias para las futuras generaciones.

La idea es justamente esa”, cuenta Paul Farrer, un joven vecino de 25 años, alto y de larga melena negra, que trabaja en el centro cívico. “Para aprender del pasado hay que conocerlo, por eso aquí estamos contentos de que los mayores  participen activamente para recuperar la historia del barrio a través de sus vivencias, y a través de anécdotas vividas por ellos mismos y por sus familiares”.

El proyecto da a los mayores un protagonismo que no tienen en su día a día. Pese a toda la inversión urbanística que se hizo en El Coll en los últimos años, una de las principales demandas sociales no fue atendida: el barrio sigue sin tener residencias o centros de día para los ancianos.

A través del grupo de estudios históricos, los mayores encontraron un espacio para escapar de la soledad y del aburrimiento. Un lugar donde pueden hablar lo que piensan, discutir temas del presente y recordar el pasado. Ahora se sienten importantes, están reconstruyendo la historia de un pedazo de Barcelona con sus propias memorias y recuerdos.

Sole, de 84 años, es una de las más animadas: “Aquí trabajamos contentos. Nos hace bien. Mira ésa”, y enseña una foto de una construcción modernista. “Es la finca Sansalvador, el médico que descubrió agua radioactiva en su pozo y las vendía embotellada como agua medicinal”.

Si narrar es resistir, según escribió el novelista brasileño Guimarães Rosa en su Primeiras Histórias; al editar y publicar este libro, los vecinos de El Coll, y principalmente los mayores,  resisten al olvido de sus memorias y olvidan por un rato su soledad. Dejarán como herencia la consciencia de que la historia de cada vecino construye la memoria de un barrio y la identidad de una ciudad.

Con su acento gallego, Antonio Beiras, de 72 años, interrumpe a Sole y enseña la foto de la cantera del barrio donde él fue conductor de camión. Celebra contento que una de sus miles de historias podrá estar en el libro, justo la que más le gusta contar.

Cuando sonaban las alarmas de la cantera, los vecinos se daban prisa para cerrar las ventanas y protegerse dentro de casa. Era así cada vez que se producía una detonación, volaban fragmentos de rocas hacia todos los lados. Nunca me olvidaré de esas escenas”, dice Beiras.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *