Y al final… la soledad

MERITXELL PAJUELO TOLEDO

Sacramento, de 88 años, era viuda desde hacía diez y es vecina del barrio de Gracia desde su nacimiento. Un día simplemente empezó a confundir nombres y tenía arranques de malhumor impropios de su carácter. Luego vinieron los episodios de paranoia, empezó a olvidarse de cómo coordinar dos pasos seguidos, a no encontrar las palabras en su discurso… Fue entonces cuando su hijo José Antonio, de 55 años, decidió buscar un diagnóstico y lo encontró: La había alcanzado la demencia senil.

Lo que en ese momento José Antonio no se habría imaginado era que esa sentencia sería el inicio de una dura batalla con los Servicios Sociales por el bienestar de su anciana madre.

Al principio José Antonio, hijo único, conducía casi una hora cada día desde su casa en Esplugues para ir a cuidar de su madre en el pequeño piso en el que vivía. Era, recuerda, una señora muy activa y vivaz, por lo que sólo dejaba que él hiciese la compra o limpiase el piso mientras ella preparaba la comida o doblaba la ropa. Un día, le abandonaron las fuerzas y se fue de bruces al suelo. Al tener la cadera rota, Sacramento giraba la cara para no observar con vergüenza cómo su hijo le cambiaba los pañales, lloraba en silencio e intentaba sonreír cuando José Antonio llegaba al piso después de haber hecho horas extras para poder pasar más tiempo con su madre.

«Después de unos meses llegó lo peor. Adoro a mi madre, pero aquello se volvió un infierno», afirma José Antonio, que intenta sonreír pero que no puede ocultar una mirada triste. La demencia trajo consigo los ataques de pánico, la paranoia, el olvido en su mirada y en sus palabras, el miedo a su propio hijo, que en algunos momentos para ella era casi un desconocido… «Yo solo no podía —dice José Antonio—, fue entonces cuando acudí a los Servicios Sociales».

La doctora María Teresa Carbonero, psiquiatra de Barcelona, afirma que la demencia senil es una enfermedad mental que no solo causa la pérdida de las capacidades de una persona para llevar una vida autosuficiente, sino que además origina una especie de duelo en la familia del afectado. «Esta sufre el deterioro de las funciones mentales de su ser querido y el impacto de observar cómo la persona en cuestión deja de ser la misma. La asistencia ininterrumpida del enfermo puede llevar al hastío, al estrés y, finalmente, a la depresión del familiar cuidador.» Entre un 30 por ciento y casi un 50 por ciento de las personas mayores de 85 años sufren demencia senil. Por esto, «es un hecho que la prestación de ayuda social es indispensable», añade.

José Antonio llevaba ya un año explicando la situación y yendo reiteradamente a quejarse por la demora cuando los Servicios Sociales finalmente decidieron enviar un equipo de sanitarios al piso de Sacramento para valorar su estado; su madre se encontraba ya en fase de dependencia severa. Le ofrecieron una ayuda de unos 300€ y, después de que José Antonio insistiera mucho más, medio año después de la visita de los sanitarios, aceptaron destinarla a un centro sociosanitario, dónde se quedarían con aquella ayuda y la pensión de 400€ de Sacramento; le hicieron caso por pesado, dice.

Allí José Antonio vio cosas que preferiría olvidar. Su madre seguía una medicación que le subieron sin avisar y que la dejó babeando, casi inconsciente, en la cama en la que estaba inmóvil todo el día. Producto de esa quietud casi mortuoria, le salió una ulcera en la espalda del tamaño de un puño; José Antonio llegó a la conclusión de que aquello era una especie de criba. Ante aquel maltrato, «que no solo recibía ella» dice, optó por sacarla de allí y llevarla a una residencia cerca de la Plaza de la Vila de Gràcia, «donde se quedan con la pensión de mi madre, la ayuda del Estado y tengo que pagar la diferencia; pero me compensa porque sé que al fin puedo decir que está bien».

Según Josep María Contel, historiador del barrio de Gràcia, en la vecindad existía una continuidad de las tradiciones entre abuelos, padres e hijos, dado que todos vivían juntos bajo el mismo techo. Con la llegada tanto de las nuevas ofertas laborales, como de la posterior crisis, aquellos hijos decidieron ir en busca de mejores oportunidades, «hecho que provocó la actual considerable cantidad de gente mayor sola y en la miseria, tanto en el barrio como en el resto de Barcelona y de la Península».

Pero ¿qué hacen los Servicios Sociales para solventar esta clase de problemas? En 2008 formaron el proyecto Radars en el barrio Camp d’en Grassot, una iniciativa que tardó cuatro años en llegar al barrio de Gràcia y que implica la colaboración del ayuntamiento, de los comerciantes y de los ciudadanos de la zona. Ante cualquier anomalía en los ancianos del barrio de más de 65 años, su deber es ponerse en contacto con la sede del proyecto, es decir, con los Servicios Sociales, para que tomen cartas en el asunto. José Antonio, por la experiencia con su madre, la considera una medida inútil:«Si mi madre no me hubiera tenido a mí cuando se rompió la cadera, la habrían encontrado, días o meses después, muerta tirada en el suelo.»

Teniendo en cuenta que, según Elisa Sala, técnica jefe de Radars, el proyecto se ocupa de unos 450 ancianos en toda Barcelona, significa que de cada 1000 personas, solo cinco se benefician de este servicio. Añade, además, que de estas cinco solo una es atendida por los Servicios Sociales, y el resto únicamente recibe seguimiento telefónico.

Según las últimas estadísticas del censo de la ciudad de Barcelona, una sexta parte de la población tiene, o supera, los 65 años. De estos, según datos de la Fundació d’Amics de la Gent Gran, una tercera parte (87.000 habitantes), viven solos.

Jordi Medallo, director del IMLC (Institut de Medicina Legal de Catalunya), explica que el número de ancianos barceloneses que son encontrados muertos en sus domicilios por causas naturales se triplicó, de 5 a 15, en los último tres años y la cifra no deja de subir. «El anonimato que propician las grandes ciudades, como Barcelona, hace que este fenómeno sea cada vez más frecuente», declara.

Pero este no parece ser el único motivo. El pronóstico de José Antonio respecto a Radars no se aleja tanto de la realidad si se tiene en cuenta que, según Alex Salvador, técnico del proyecto en el barrio de Gràcia, en el último año solo les ha apoyado la Cruz Roja. «Ya no tenemos voluntarios. Nos estamos reuniendo en el Ayuntamiento para encontrar una solución». Otra organización que intenta solventar esta causa es la de Amics de la Gent Gran, pero como afirma su secretaria, Arantxa Saenz, la atención es limitada. «Los voluntarios solo acompañan a los ancianos en su soledad una vez a la semana, pero no cuidan de su salud ni suplen sus impedimentos físicos, como ir a hacer la compra o cuidarles en la enfermedad».

Según esta fundación, 150.000 ancianos en Cataluña y más de un millón y medio en toda España, viven solos.

Por suerte, tres años después del día del diagnóstico, José Antonio puede salir de su trabajo en Esplugues, conducir tres cuartos de hora hasta la residencia, y sacar de allí en silla de ruedas a Sacramento, a la que lleva a dar un paseo por las calles donde correteaba de niña. Su piel frágil recibe la brisa de la Vila y sus grandes ojos azules observan la vida de las calles. «¡Es una luchadora!» exclama José Antonio mientras acaricia el pelo blanco de su madre y, desde la mezcla de recuerdos que danza en su interior, no deja de balbucear: «Solo no la podía cuidar, solo no la podía cuidar…».