ULISES IZQUIERDO

El concepto de food-truck es muy sencillo. La traducción literal del anglicismo sería algo así como “camión de alimentos” o “furgoneta de comida”, y precisamente de eso se trata. Básicamente, son furgonetas que ofertan distintas variedades alimenticias a pie de calle. La idea de los food-truck es la de brindar una experiencia gastronómica distinta, más distinguida, gourmet. “La idea es llamar la atención del cliente y que tengan la posibilidad de probar un producto de calidad, bueno, sin la necesidad de meterse en un local caro”, asegura Roger, propietario del food-truck Reina Croqueta.

Es un concepto simple pero puntero. En Estados Unidos lleva años funcionando, y en España está en una situación muy emergente, pero no regulada. La página foodtruckya.com tiene registradas más de 70 furgonetas por todo el país. Sólo en Barcelona hay dos eventos de food-trucks en el mismo fin de semana, Palo Alto Market, y Chewie Market, el 7 y 8 de Febrero. En la prensa, casi todos los diarios se han hecho eco del fenómeno en la ciudad. Desde El Periódico hasta el Financial Times, que se pregunta si estas furgonetas típicamente norteamericanas podrían triunfar en una ciudad amante de las tapas.

Todo este alboroto mediático y social no parece haber alertado a l’Ajuntament de Barcelona. La respuesta recibida al preguntar qué requisitos eran necesarios para poder abrir un food-truck es, literalmente: “Los food-trucks están prohibidos en Barcelona”.

Por tanto, a pesar de que su existencia y funcionamiento es una realidad, los food-trucks y sus propietarios viven en un vacío legal donde las licencias, los lugares de actuación, o su propia entidad como negocio no están definidos. En principio, todos los propietarios de food-trucks cuentan con carnets de manipuladores de alimentos, seguro de responsabilidad civil, unos estándares de higiene y seguridad, y su registro como autónomo, pero nada más.

La responsabilidad legal sobre cualquier percance queda así en manos de los organizadores de eventos donde se habilita la presencia de food-trucks, que son los encargados de repartir las licencias que permiten a las furgonetas vender alimentos en el evento específico en el que están participando.

Esta situación crea dos puntos de controversia principales. Por un lado, la indignación de los propietarios  de food-trucks, que ven su campo de actuación limitado a fechas eventuales, de las que no saben a ciencia cierta si podrán participar. Además, muchos no entienden que a ellos se les ponga trabas, mientras negocios tradicionales como las churrerías pueden funcionar sin ningún problema. “Entiendo que es tradición, y es bonito, pero hay hueco en el mercado para nosotros, para las churrerías, y para los restaurantes”, asegura Marco, de Fuxia Barcelona.

Fuxia Barcelona se especializa en vender piadinas.

Fuxia Barcelona vende piadinas italianas.

Es precisamente en ese punto, en la discusión acerca de la inclusión y regularización de los food-trucks dentro del espacio público donde aparece el segundo punto de polémica.

Los negocios tradicionales ven la presencia de food-trucks como una amenaza para su economía, por lo que no están dispuestos a su normalización y libre movimiento dentro de la ciudad. Este pensamiento puede parecer lógico, ya que los restaurantes se ven obligados a pagar unos alquileres y unos tipos impositivos bastante altos, no sólo en concepto de alquiler, sino de licencias, y la presencia de furgonetas móviles podría llevar al “robo de clientes al negocio tradicional”. Sin embargo, también es cierto que la regularización de los food-trucks debería traer consigo un número de requisitos y exigencias, además de una delimitación de sus espacios de actuación. Así ocurre en Estados Unidos, donde los food-trucks han de conseguir dos licencias, la de establecimiento, y la de movilidad, según informa Forbes.

También es cierto que montar un food-truck requiere una inversión menor, “unos 20.000 euros para comprar y remodelar la furgoneta, más lo que cueste tu materia prima”, asegura Marco. Pero también tienen un mayor riesgo, pues su itinerancia les obliga a pagar alquileres muy elevados cada vez que quieren establecerse en un evento.

Algo que sí está claro es que los los food-trucks son una nueva vuelta de tuerca al negocio de la hostelería. Dan la posibilidad tanto al propietario como al cliente de tener una experiencia nueva, de interrelacionarse directamente. El producto está a la vista de todo el mundo, y el proceso de elaboración es en vivo y en directo, “y eso es algo que también suma a la experiencia, lo hace más real”, afirma Marco.

Para ello, no sólo cuenta la calidad del producto sino también el atractivo de la furgoneta, que suele estar reformada y decorada con un estilo vintage. Siguiendo con los anglicismos, se podría decir que el fenómeno food-truck se puede entender por ser trendie, por estar a la moda. Comer en un food-truck implica un cierto gusto por lo nuevo, una cultura del descubrimiento y de probar cosas desconocidas. La gente ha cambiado las patatas bravas por los rollito de primavera, y además quiere sacar una foto de la furgoneta donde lo ha comprado para subirlo a Instagram. Y en este negocio entran desde jóvenes emprendedores que lo ven como una oportunidad, hasta chefs de reputación como Carles Abellán, que cuenta con un food-truck en el Mercado de la Boquería.